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Todo el año partiéndome el lomo trabajando en el supermercado, que tengo jodido el túnel carpiano de pasar tanto código de barra. Y, además, tener que vivir toda una batalla campal con mi encargada en mitad del pasillo seis, entre los desodorantes y las compresas, para poder conseguir las dos últimas semanas de agosto de vacaciones y poder irnos a Marina Do’r, al pisito que mi hermano se compró cuando el boom, cuando no paraban de anunciarlo por la tele. El piso no es nada del otro mundo, tiene algunas paredes desconchadas, pero está bien. Allí se desconecta, se está cerca de la playa, no hay nada más que hacer que ir a darse un baño, a tomarse el sol y a estar con los sobrinos, que son una monería y que, desde que mi cuñada se murió —pobrecita, qué mala suerte, se tragó una mosca y la palmó—, los niños están faltos de cariño y agradecen la compañía de una.


Pero entonces es cuando a mi marido, tres días antes de partir, que tenía hasta el neceser ya hecho, le dicen que tiene que quedarse todo agosto trabajando en el almacén. Que a uno de sus compañeros le ha pillado el brazo una máquina, que se lo han tenido que amputar, y que van a necesitar más mano de obra. Porque el señor, pobrecito mío, mano ya no tiene.


Y aquí estoy yo, que me quedo sin vacaciones. Porque Marina Do’r muy bien, pero yo sin mi marido, sola ante el peligro, no me atrevo a pasar mis dos semanas libres con mi hermano, que está llorando todo el día por su mujer muerta y que le ha cogido pavor a las moscas, los mosquitos y a cualquier bicho volador; y con mis sobrinos, que son muy monos y todo lo que tú quieras, pero están en la edad del pavo y yo, a la mínima tontería, capaz soy de echarles a cada uno un Orfidal en el Cola Cao. Y no me gustaría llegar a esos límites, que seguro que drogarles de esa forma a esas edades les afecta al crecimiento, y verás tú como se queden en el metro y medio de por vida y por mi culpa, lo mal que me iba yo a sentir.


Pero a mí, desde bien pequeña, las monjas en el colegio me enseñaron a ver el lado bueno de las cosas. ¿Y qué hay de bueno en pasar las vacaciones en Madrid? Que al menos una tiene una casa con terraza, que mucho trabajo nos costó terminar de pagar la hipoteca. Y aquí fuera echo yo mis tardes-noches. Eso sí, sola no… Porque de tanta gente como acaba en la terraza, un día me estoy viendo que se nos desprende el suelo y acabo con el mondongo plantado sobre el ficus de Pilar, nuestra vecina de abajo.


La cosa, eso sí, tiene su explicación. Que no es que ahora me haya dado a mí por montar fiestas ilegales, quita, quita. A esto, más que fiestas, lo llamaría yo cine de verano.


Todo empezó mi primer día de vacaciones. Estaba yo aburrida y me senté con el Pronto en la terraza, en la tumbona, muy dispuesta a enriquecer mis conocimientos sobre el mundo contemporáneo y, más concretamente, sobre el mundo íntimo de la Pantoja. Y fue entonces, cuando ya estaba bien acomodada, con mis gafas de cerca puesta y mi BitterKas recién abierto a un lado, cuando lo vi.


Justo en el edificio de enfrente, separado del mío por una calle tan estrecha por la que no pasa ni un camioncillo, pues justo en la casa de enfrente, a través del cristal, que no tenían ni la cortina echada, ni un estor ni nada, lo pude ver en todo su esplendor.


Una muchacha y un muchacho. Ella disfrazada de dálmata. Él de pastor alemán. Ella a cuatro patas. Algo que, de primeras, si explico que va disfrazada de dálmata, puede entrar dentro de los límites de la normalidad. Pero el caso es que se tomaron tan en serio sus papeles que, como animales, acabaron montándose el uno al otro.


Qué escándalo, qué sinvergüenzas. Hacer eso y con esas pintas. Que ahora hay gente para todo, pero échate al menos un visillo. Y ahí estaban, dale que te pego. Y el muchacho ladraba, que hasta se escuchaba desde mi casa, y la muchacha se rascaba la oreja con la pata, o sea, la mano delantera. Y más dale que te pego. Y una posturita por aquí. Y otra por allá. Y se daban la vuelta. Y él la cogía a ella. Y ella lo cogía a él. Y se daban la vuelta. Y se ponían para delante y para detrás y para en medio. Y se daban la vuelta. Y unas posturas que, de verdad, yo no había visto ni en el Circo del Sol, que me llevó Antonio hace cosa de diez años pero aún me acuerdo. Y se daban otra vez la vuelta.


Qué sudores me entraron. Yo quería gritarles todo el tiempo que eran unos sinvergüenzas, que echaran de una vez la persiana, que las gentes del portal 3 no necesitábamos verlos haciendo el perrito. Pero entre una filigrana y otra a mí me tenían embobada y se me fue el santo al cielo.


Cuando acabaron —y qué manera de acabar, como una fuente— fue cuando me percaté de que en la habitación había una tercera persona. Primero vi como una sombra y me temí lo peor: que teniendo al dálmata y al pastor alemán, lo que faltaba era el gran danés. Pero, para mi tranquilidad, cuando apareció la figura y la vi por completo, me di cuenta de que era un señor vestido de persona normal. Y con una cámara de vídeo. Lo había estado grabando todo.


Y así se dieron todas las tardes de la primera semana de mis vacaciones. Cada día, al salir, un vestuario diferente, aunque los mismos chico y chica y el mismo tercero en discordia. Después de los perros vinieron los cowboys, los granjeros, el butanero y hasta lo que, a mi parecer, era una recreación bastante inexacta de Bart y Lisa Simpson. Y todo interpretado con una finura suprema, con un gusto exquisito, con un compás trepidante.


Entre una cosa y otra me quedé sin leer el Pronto. El fin de semana, menos mal, descansaron. Que los muchachos serían jóvenes y todo lo que tú quieras, pero un reposo y un polvito de talco siempre viene bien.


El sábado y el domingo me sentí sola en la terraza, para qué vamos a engañarnos. Me acabé el Pronto, eso sí. Menos mal que el lunes volvieron y con fuerzas renovadas: una versión de Romeo y Julieta en la que Romero se metía el navajazo con su propio cimbrel. Menudo espectáculo.


Yo, que me pasaba las tardes solas porque mi marido trabajaba en el almacén, cuando acababa el rodaje me daban ganas de levantarme y aplaudir y comentar la trama del día con alguien. Pero, claro, por aquel entonces, como no lo comentara con el geranio, no sé con quién.


Así que todo comenzó invitando a Luisa a tomar el té. Yo no le quise adelantar nada, porque esta también viene de las monjas y seguro que me hubiese tomado por una fresca y una loca. Menudo sofoco se llevó, pero acabó aplaudiendo a la ventana de enfrente y gritando bravo, bravo, bravo. Que hasta salieron los actores al balconcito a saludar y la Luisa me cortó un clavel —qué hija de puta, con lo que me cuesta mantener las plantas con vida— para lanzárselos.


Después se fue corriendo la voz y se fueron apuntando también Conchi, la del pilates de los jueves por la mañana; Maribel, la de Frutas Maribel; Marisa, la otra cajera del supermercado; Lucía, la supervisora con la que tuve la discusión, por enterrar el hacha de guerra; Marcial, el vendedor de cupones de la ONCE que se pone siempre a la salida del metro y que no te oye pero que te lee los labios que ni los del FBI; y Juanlu, el vecino del ático, que decía que él también se había dado cuenta del espectáculo, pero que le daba el reflejo del sol en el cristal y no veía nada.


Hasta llegar al día de hoy. Que la voz se ha ido extendiendo y ya hay gente en la terraza que ni siquiera conozco. Algunos se han traído neveritas de la playa, bocadillos, palomitas. Hay incluso un señor que va de un lado a otro, de barandilla a barandilla, con una bolsa de plástico y cantando que cervezas a un euro.


Lo de hoy ha sido toda una belleza. Qué movimientos, qué postura, qué trama, qué vestuario. Una versión de ‘La Flauta Mágica’, mi ópera favorita. Tan emocionante ha sido que el público —o sea, mi terraza entera— no ha podido evitar romper en aplausos y gritos de júbilo cuando la flauta ha acabado sonando y estallando como la Cibeles. Maribel incluso se ha echado a llorar a lágrima viva de la emoción.


Cuando el director ha gritado el ¡corten!, no hemos parado de gritar hasta que el equipo al completo, como cada tarde, ha salido al balconcito a saludar.


—¡Oye, oye! —grita entonces Marcial, el de la ONCE—. ¿Mañana cuál toca?

—¡Caperucita y el lobo pollón! —le contesta a gritos el director desde el otro lado.

—Uy, con lo que le gusta a mi niña el cuento de la Caperucita —me susurra Marisa—. Mañana me la traigo.


Y el público vuelve a romper en aplausos. Luego, como cada tarde, nos hemos despedido todos los vecinos entre nosotros. Antes de salir por la puerta de casa, Marcial me dice:


—Mañana me traigo los prismáticos, que estos no ponen subtítulos y yo a esta distancia no llego a leerles los labios.


* Fotografía de portada de Eivind Hansen.

 


Yo no sé quién inventaría la frase esta de que si algo puede salir mal, saldrá mal, pero tiene más razón que un Santo. Porque todo parecía que iba a salir bien, teníamos el hotel reservado desde finales del año pasado y los vuelos cogidos, que los compramos con tiempo porque ya sabemos que si se te echa el tiempo encima luego tienes que acabar vendiendo tus intestinos en el mercado negro para poder pagar el billete de avión. Y yo, llámame loca, pero le tengo aprecio a mis hígados, a mis intestinos y hasta a mi páncreas, que para algo llevo desde pequeñita con ellos. Y si nadie me compra la lamparita del salón por Wallapop, que está como nueva, menos me van a comprar un pulmón, que fumo Ducados.


Pero todo, en fin, se tuvo que joder en el momento en que a mi marido se le metió en la cabeza que, estando de vacaciones, sería divertido probar a hacer un deporte de riesgo. Yo le dije, Antonio, ¿para qué? ¿Para qué quieres hacer tú ahora un deporte de riesgo, que estamos de vacaciones, que el mayor deporte de riesgo que has hecho en tu vida es secarte entre los dedos de los pies al salir de la ducha, que una vez, te acuerdas, una vez por poco te me vas al otro barrio por culpa de un resbalón?


Oye, y que no entró en razón. Y mi Antonio se puso pesado, como un niño pequeño, que si vamos a tirarnos en parapente, que si eso es muy guay, que si seguro que nos da vidilla, que si el parapente, el parapente, el parapente… El puto parapente.


Total, que al final nos tuvimos que tirar en parapente. En nuestro segundo día de vacaciones. Mira que lo podríamos haber dejado para el último, por si pasaba alguna desgracia (que, por supuesto, ha acabado pasando), así al menos podíamos disfrutar de los seis días anteriores.


Pero no. Si a mi Antonio se le mete en la cabeza que hay que tirarse en parapente el segundo día, ahí me tienes a mí el segundo día con los arneses apretándome las ingles. Y a él también, que encima es un quejica y no está hecho para estas cosas. Que después de diez minutos con el arnés puesto ya se estaba quejando, que le apretaba mucho, decía, que se le estaba subiendo el testículo izquierdo a la altura del ombligo y le estaba dando como una sensación entre grimilla y dolor.


Allá que subimos al pico de una montaña con dos monitores para tirarnos. Estábamos subiendo a la cima en uno de estos coches que son como de safari, a lo descapotable mozambiqueño. Uno de los monitores nos estaba explicando cómo sería toda la experiencia —así lo llamaba él, experiencia, me río yo— y que no teníamos que hacer nada, solo disfrutar… Cuando pasó.


Justo cuando voy a abrir la boca para quejarme, justo para pedirle al monitor que si me podía enseñar antes de saltar en parapente todos los documentos de seguridad, no sé, que habían pasado todas las inspecciones sanitarias, que los parapentes habían aprobado la ITV o lo que coño hiciera falta. Yo me fiaba de ellos, claro que sí, les dije, que con la pasta que había costado la experiencia de los cojones yo me fiaba de ellos, como para no fiarme… Pero quería quedarme tranquila.


Y ocurrió. En esto que voy a abrir la boca para empezar a pedir documentos y certificados, se me mete un moscardón en la garganta. Directa al estómago, sin masticar ni nada. Y yo empiezo a mover las manos y a emitir gemiditos y mi Antonio poniendo cara de apuro. Ya estás montando el numerito, me susurró mientras yo seguía descomponiéndome viva.


Le duró poco lo de la vergüenza ajena. Se la quité de un guantazo. Le expliqué como pude lo que me acababa de ocurrir, que me había tragado así, sin masticar, como quien se mete un chupito, un moscardón que me había rajado toda la garganta. Y que qué desconsiderados eran por allí los moscardones, que se te meten sin preguntarte si quiera si te apetece comérmelos.


Y claro, mi cabeza empezó a darle vueltas al asunto. Porque los moscardones, ya sabemos, a mí me lo decía mi madre, se posan en cualquier mojón que se encuentren por la calle. No le hacen ascos a ningún zurullo. Y, por ende, no traen más que enfermedades.


Y yo, mientras seguíamos subiendo en el descapotable mozambiqueño, me estaba empezando a marear. Y a sentir unos sudores fríos que me subían desde los pies. Seguro que el moscardón, que ahora estaría deshaciéndose en alguna parte de mi organismo, al que tanto aprecio tengo, me había pegado alguna enfermedad subtropical de las que se leen cada semana en los periódicos.


Le transmití a Antonio mi preocupación en un susurro. Él me contestó que me tranquilizara, que eso le pasaba cada año a dos, tres personas como mucho.


–Pues qué casualidad que este año yo voy a ser la cuarta. ¡Llévame al hospital!


Empecé a repetirlo tan fuerte, tantas veces, lo de llevarme al hospital, que el monitor tuvo que dar media vuelta con el descapotable mozambiqueño y bajar la montaña a toda hostia. Y entre los parapentes atados en la parte de atrás, la velocidad y la bajada, íbamos planeando y las ruedas casi no tocaron el suelo. Aunque ya no sé si era real o una sensación, la de flotar, que me estaba provocando la enfermedad subtropical.


A todo esto, a mí me iban subiendo las pulsaciones y me estaba empezando a doler la barriga. El moscardón seguro que se había pegado a un mojón de jabalí, que esos tienen que tener un montón de enfermedades, y yo me las había tragado todas. Se me estaban empezando a dormir los brazos, las manos, hasta media cara.


–Me está dando un ictus, Antonio.


Él ni puto caso me hacía. Aunque fuésemos todavía por mitad del campo, mi Antonio concentraba toda su atención en sacar un pañuelo blanco por la ventanilla, por eso de los primeros auxilios y tal, que por poco se me queda manco contra el tronco de una palmera.


El monitor seguía conduciendo a toda hostia y preguntándome que cómo iba. Yo le decía que mal, que cómo iba a ir, que me sentía morir. Que ahora, además de los sudores, la fiebre, el cuerpo dormido y el ictus, también se me estaba empezando a ir un ojo.


–Veo doble –dije con voz temblorosa.

–Es que somos gemelos –me contestó el otro monitor.


Eso me dejó un poco más tranquila, pero no lo suficiente. Hijo de puta el moscardón, el parapente, mi Antonio, los monitores gemelos (es verdad, cómo se parecían, dos gotitas de agua) y el viaje.


Pensaba que no llegaría al hospital, que el fin de mis días sería en ese descapotable mozambiqueño y con mi Antonio, en vez de dándome la mano cariñosamente, sacando un pañuelo blanco por la ventanilla. Pero acabé llegando, tambaleándome, viendo todo borroso.


Me esperaba una silla de ruedas en la puerta del coche. Los monitores gemelos me levantaron a pulso, me sacaron del descapotable y me sentaron en la silla, mientras mi Antonio seguía moviendo el pañuelito arriba y abajo.


–Para ya, Antonio, para ya con el pañuelito.

–No puedo. Creo que de la tensión se me ha quedado un nervio cogido.


Ahí íbamos en procesión. Yo delante, convulsionando, que hasta había empezado a echar espuma por la boca, con un monitor empujándome la silla de ruedas, el otro monitor empujando a su gemelo y mi Antonio detrás, moviendo el pañuelito. Que hasta un enfermero me gritó al pasar: «¡Viva la Virgen de la Macarena!»


Lo que sucedió después lo tengo un poco más borroso, todo por culpa del maldito moscardón y la cantidad de enfermedades que debió pegarme. Creo que empecé a gritar, a chillar, a correr por la sala de espera del hospital, a arrancar el gotelé de las paredes rascando con los dientes. Creo, no lo tengo muy seguro, pero creo que cuando llegó un médico a atenderme le mordí un hombro y luego, cuando vino una enfermera para cortar la hemorragia, a ella le mordí una oreja. Mi Antonio, menos mal, aprovechó el meneíto del pañuelo para limpiar tanta sangre.


No me sentía yo. El moscardón se había apoderado de mí. Más que una enfermedad era un demonio que me había poseído y que hacía conmigo lo que quería. Fui consciente de ello cuando Antonio me preguntó:


–¿Te traigo una tila?


Y yo le dije que sí. Pero no porque quisiera que me trajera una tila, que en esos momentos no me entraba nada en el cuerpo y menos una infusión, con las calores que yo tenía. Le dije que sí porque sentí el impulso de tirársela en la cara. Y así lo hice. Y mi Antonio, pobrecito mío, empezó a gritar como nunca lo había escuchado mientras los mofletes le echaban humo.


Pero cómo me quiere. Ahora me han pasado a planta, a una habitación para mí sola, blanquísima, preciosa, con un pijama que me han puesto con cinturones en las mangas, supongo que para evitar los espasmos. Y a él, a mi Antonio, lo tengo sentado a mi lado, con la cara llena de ampollas. Pobrecito mío. Aunque tengo que cortar ya, porque acaba de llegar la enfermera, la que ahora tiene solo una oreja, y me ha dicho con retintín que tengo que tranquilizarme. Y he visto cómo me ha metido algo en el suero y me está empezando a entrar un sueñecito que...


* Foto: Frank Mijares para Beauty Scene (Pinterest)



La abuela está loca. Por mucho que mamá diga que lo que está es mayor, lo que está es loca. Lo que pasa es que mamá quiere encubrir la locura de la abuela en la vejez, porque mamá es muy lista, porque mamá sabe que la locura es hereditaria y ella no quiere acabar así.


Si alguien no me cree, si alguien piensa que la que está loca soy yo, que venga un día a mi casa. Que venga un día y que se siente en la terraza con la abuela, porque la abuela está todo el día en la terraza, desde que se despierta hasta que se acuesta. Y un día, me lo estoy temiendo, le va a dar un chungo. Porque el toldo está roto, no baja, lo hemos intentado pero no baja, está encasquillado arriba, y a la vieja le da el sol de frente durante todo el día. Que mamá dice que la orientación de la terraza es maravillosa, que da al sur, que le da el sol todo el día, pero verás tú como un día salga y se encuentre a la abuela consumida como una colilla en un cenicero. Porque yo cada día la veo más así, como un piti, consumiéndose, y ya no sé si es que envejece a una velocidad supersónica o es que se nos está deshidratando.


La abuela se pasa todo el día en la terraza porque está esperando a que lleguen los marcianos a por ella. Porque dice que vendrán a llevársela y ella está encantada con la idea. Pero es que, además, dice que ya ha hablado con uno de ellos, con uno verde y majísimo, que le dijo que vendría con su nave para llevársela a su planeta. Pero abuela, ¿cómo coño vas a hablar con un marciano?, le pregunté yo una vez. Con la mente, ¿cómo voy a hablar si no?, me respondió. Así, como si fuera lo más normal del mundo. Como si la que estuviese loca fuese yo. Hay que joderse.


Y erre que erre con los marcianitos, que no tiene otro tema de conversación. El primer día y el segundo —el tercero ya se cansó y ni siquiera lo intentó—, mamá le puso en el salón a Juan y Medio en la tele, que siempre le ha encantado a mi abuela, a ver si así conseguía que se metiera para dentro. Pero ni eso. Que ella ya no se levanta de la silla de la terraza como no sea para dormir, mear o cagar.


Un día salgo, es que me lo veo venir, y me encuentro a la vieja achicharrada viva. Y yo diciéndole a mamá que hay que hacer algo, no sé, meterle una pastilla de esas que dejan a los abuelos como tiesos pero sin llegar a matarlos, que los dejan como muñecos, para que la podamos meter para dentro. Yo creo que es la única solución, pero ya no se lo repito más a mamá, porque la última vez que se lo dije me metió un guantazo. Y a mí me puedes hacer entrar en razón de muchas formas, porque no estoy loca, pero agredirme físicamente no. Porque entonces te hago la cruz de por vida.


Es solo una semana, me dijo mamá después de meterme la hostia, siete días y ya la llevamos otra vez a la residencia, y allí que se las apañen. Yo no le contesté, porque después de la guantada no tenía yo cuerpo para mantener una conversación.


Han pasado seis días y la vieja no ha muerto. Pero ahí sigue, en la terraza, mirando al cielo y esperando a que vengan a por ella. Yo no sé si será por las cataratas que tiene, pero me sorprende la cantidad de tiempo que puede estar la mujer mirando al sol sin parpadear. Verás que me voy a quedar con una abuela, además de loca, ciega.


Esta tarde, como es la última porque mañana ya mamá se la lleva de vuelta a la residencia, me ha dado pena y he decidido sentarme un ratito con ella. Como no sabía cómo empezar la conversación, porque esto de hablar con locos me da un poco de apuro, he comenzado diciendo:


—Todavía no han venido, ¿no?


Ella no me ha contestado. Ni siquiera me ha mirado. Únicamente ha negado con la cabeza y yo he pensado que, para eso, mejor quedarme callada. Así que no he vuelto a abrir la boca pero me he quedado ahí, sentada a su lado, echando el rato.


Y lo que ha pasado entonces ha sido fuerte. Mazo fuerte. Así, como en un relámpago, cuando el sol ya se estaba poniendo, han aparecido en el cielo una serie de luces de colores. Blancas, azules, verdes, rojas, como de puticlub. Me he quedado flipando. Pensaba que era el efecto este que pasa cuando estás mucho tiempo al sol, que empiezas a ver como lucecitas de colores. Pero no. Parpadeaba y seguían ahí, cada vez más grandes, más fuertes, más intensas, como si estuvieran acercándose.


Entonces he mirado de reojo a la abuela y estaba sonriendo y con la sonrisa se le estiraba la cara y le desaparecían como un poco las arrugas, como si se hubiese vuelto a hidratar, como si se hubiese bebido de golpe una garrafa de ocho litros de Bezoya. Y con esa sonrisa se ha girado hacia mí y me ha dicho:


—¿Ves? Y tú no me querías creer.


* Foto: Miles Aldridge fotografiando a Estelle Chen para Vogue Italia (Junio 2015)


Son las ocho de la mañana, tengo ocho años y mi madre me despierta con una marioneta de hilos cantando y bailando sobre mi cama. “Soy Siriaco y bailo con los tacos… Soy Siriaco y bailo yo así… Tirirí, tirirí, tirirí”. Una banda sonora que llama a la rutina.

No quiero estar en el mundo real. Ahora mismo no. Abro los ojos de mal humor porque, encima, quiero volver al sueño en el que daba un garbeo por el barrio, en moto, con Roberta, la pelirroja de Rebelde. Justo estábamos a punto de darnos un beso cuando mi madre me ha tirado de cabeza al mundo real.

—¡Arriba el campo, que hoy es el primer día de clase! —suelta mi madre con alegría—. ¿Tienes ganas, Carlos?

Sí, ganas de desaparecer de la faz de la tierra.

Vuelvo al presente. Estoy sentado frente al ordenador escribiendo este último artículo —por llamarlo de alguna forma— que pone punto y final a unas breves historias de verano. Y es que septiembre ya no es verano. Septiembre es año nuevo. Es vuelta a la rutina, vuelta a la realidad después de un sueño estival, y eso, de pequeño, no mola. Quería quedarme en casa, ver la tele durante todo el día y comer helado. No tener que hacer deberes, no tener que estudiar, no tener que estar cinco o seis horas sentado fingiendo una atención que no estaba prestando. Ahora, años después, al Carlos que está escribiendo en estos momentos en el teclado, septiembre le da un poco de vértigo.

El momento que más disfrutaba —probablemente uno de los pocos— de la vuelta al cole era el hacerme con una nueva colección de materiales que me encargaría de desgastar y perder durante todo el curso. Estuche y mochila. Lápices de colores. La cola en la papelería para comprar los libros de texto. Agenda y subrayadores. Gomas que se multiplicarán en pedazos en poco tiempo. Bics que explotarán, se perderán o, en el mejor de los casos, acabarán mordidísimos.

No tenía en la cabeza escribir esto. Creo que la culpa la tiene el que ayer entrara en un chino y fuiera directo a la parte de papelería. Libretas y agendas en cantidades industriales y tan bien colocadas, como seduciéndome. Y el olor. Olor a papel y plástico y a vuelta. A retorno. Juro que fue extraño. Quería volver a vivir la ilusión de comprar libretas nuevas y escribir mi nombre en la tapa y decidir cuál era para qué asignatura. Volver a vivir el último día de verano y el primero de colegio, aunque en su momento lo odiara. Juro que quise volver a vivir el paseo, cada mañana, del camino al colegio que hacía con mi madre. Ir a casa de mi abuela a comer después de clase y el olor a potaje que invadía la casa y te invadía a ti nada más abrir la puerta. Elegir pupitre y resumir el verano a tus amigos. Incluso volver a aquellos días, pocos, de comedor y la promesa de “tres cucharadas más y ya está”.

Ahora pienso que, probablemente, esta sea la mejor forma de acabar esas Historias de Verano. Porque todo verano tiene su fin y su vuelta al cole. Quizás a ti, que estás al otro lado de la pantalla leyendo esto, no te haya aportado nada nuevo, ni especial. Quizás ni siquiera una sonrisa. Pero espero que, al menos, por un momento también te hayas transportado a aquellos tiempos. Yo lo necesitaba y lo he conseguido.

Y, por supuesto, gracias por haber leído.
Feliz vuelta al cole.

* Imagen de cabecera de Feliphe Schiarolli.

Ser el cantante principal de una orquesta supone responsabilidad y sacrificio. Y una presión que muy pocos serían capaz de soportar. Amenizar las noches de verano en verbenas y fiestas patronales no es moco de pavo, y pocos tienen la materia prima necesaria para alcanzar el éxito.

Talento, responsabilidad y sacrificio. Eso es lo que me caracteriza. Por eso soy el cantante principal de la orquesta y no un simple corista. Por eso salgo cada noche a darlo todo y a dejar mi alma en el escenario y a calar en el corazón de cada persona que me ve. Igual pongo a un grupo de octogenarios a saltar con sus muletas y sus tacatacas como si estuvieran en una rave que los pongo a llorar de la emoción con una de la Jurado. Eso tampoco es capaz de hacerlo cualquiera. Yo sí, y es por eso —entre muchas otras cosas— por lo que soy el cantante principal.

Las horas de carretera o las lumbalgias que te dan montando y desmontando el escenario se hacen minúsculas cuando luego tienes la recompensa de un público que lo da todo. Que corea las letras. Que baila hasta el final. Como el año pasado, que tuvo que venir el Samur porque a una señora le explotó el marcapasos en el estribillo de Paquito el Chocolatero. Esos son los niveles de implicación y entrega que tiene mi público y que yo busco en ellos. No me gusta llamarlo fenónemo fan, me parece un término demasiado millenial y no me quiero considerar ídolo de nadie. Me gusta llamarlo pasión por la música. Y no cualquier cantante sabe remover esa pasión entre el público.

Algunos dicen que la competencia es mala, pero a mí no me da miedo. ¿Quiénes son mis rivales? La mayoría que entra en el bisnes, o que da el salto a la fama como los chavalitos esos que luego fueron a Eurovisión cantándose el uno al otro, la mayoría de esa gente tiene una trayectoria efímera.  Volátil. Fugaz. Pasajera. Son los Macaulay Culkin de la industria musical.

Firmo aquí mismo que en menos de dos temporadas están haciendo hamburguesas y patatas fritas y helados y me servirán un McMenú en cualquier McAuto en el que paremos a cenar de camino a un bolo en Pozuelo de Alarcón, por ejemplo.

¿Si busco la fama? En absoluto. Si la quisiera ya la habría encontrado en ese programa en el que te dan la espalda y, si les gustas, pulsan un botón y se dan la vuelta y entonces pueden verte. Porque acabaría mirando a los ojos a todos. O en un programa como Operación Triunfo, y ahora mismo tendría la fama de Bisbal. Porque yo sería Bisbal. Ni Bustamante, ni Manu Tenorio ni el señor ese del que nadie se acuerda que salió hace poco cantando en el reencuentro con los ojos pintados y que pensaba que aún tenía veinte años. No, no. Yo sería el Bisbal —menos por los rizos y la nariz.

Pero he decidido mantenerme en el anonimato porque la fama cansa. Aun así, cuando salgo al escenario, todo mi público se sabe de memoria las canciones que canto. ¿Quién puede presumir de cantar en cada concierto temazos como Soy un truhán, soy un señor, Bailar pegados o Mi gran noche? Pocos. Algunos lo llamarán casposo, yo lo llamo éxito seguro. Pocos cantantes pueden experimentar la sensación de ver al público dándolo todo con los mejores temas universales reunidos en una única voz. Mi voz.

Tengo que cortar ya, que vamos de camino a Pozuelo de Alarcón y hemos parado en un McDonalds para cenar. Y creo que David Civera me acaba de servir un BigMac con patas fritas. Y había pedido patatas deluxe.

* Imagen de cabecera de Jason Leung.

Tenía que ser inoportuno hasta para morirse. Justo el segundo día de vacaciones. Porque mi marido se ha empeñado toda su vida en hacerme la mía un poquito más complicada y porque siempre ha sido muy oportuno. Para una vez que salimos de la península, que vamos a un hotel cuatro estrellas en Formentera para darnos el lujo ahora que los niños son mayores, la tiene que palmar. Y para colmo los seis días que nos quedaban en el hotel es dinero y relax perdidos.

Yo creo que lo hizo a propósito. Lo de morirse, digo. ¿Quién se atraganta en la piscina con un trozo de espetec y luego se ahoga? Y que si no lo hizo a propósito lo tiene merecido. Por ansias. Que desde que lo conocí no ha cambiado ni un poquito. Un ansias y un inoportuno. Y encima enano, porque al menos llega a hacer pie en el agua y la palma de una sola cosa.

La peor parte —quitando lo de la muerte— me la he llevado yo, que he tenido que mover todo para que lo trajeran de vuelta al pueblo. Y que todavía no me ha quedado muy claro si él —mi marido, el muerto— ha viajado en el avión en cabina o lo han tenido que facturar, porque de todo eso se ha encargado el señor de la funeraria. Lo bueno es que como era pequeñín igual lo han podido subir como equipaje de mano.

Menos mal que mi marido estaba muerto y no ha visto el funeral, porque ha sido patético. Yo intentando contactar con los más cercanos para informar del nuevo estado vital de mi marido —muerto—, pero nadie daba señales de vida —perdón. Todos por ahí de vacaciones y mientras yo velando a un muerto que ha jodido las mías. Tiene cojones. Que ya podría haber tenido la decencia de, si tenía que morirse, al menos hacerlo en el avión de vuelta. Pero no. Para no venir no han venido ni los niños, que están por ahí de vacaciones con sus amigotes y lo único que me han enviado son gifts de animalitos tristes. Cría cuervos que, cuando se hagan mayores, un coma etílico le parecerá mejor plan que pasar la tarde contigo.

Al final sólo ha venido el repartidor del restaurante chino porque a media tarde se me ha abierto el estómago. Aunque debería haber pedido una pizza, porque este no tenía ni puta idea de español y no ha podido darme charleta. Que estar en un tanatorio se hace cuesta arriba, pero si encima no tienes a nadie que te entretenga ya es hacer puenting a la inversa.

Menos mal que a media tarde la cosa se animó un poqutio. Escuché unos gritos por los pasillos. Así como muy desgarradores, como de película de terror. Me asomé para ver qué pasaba y me encontré a una mujer sola, más o menos de mi edad, ensañada contra una pared como si fuera un saco de boxeo.

—¿Estás bien? —le pregunté manteniendo las distancias, no fuera a ser que estuviera loca y yo que sé, se lanzara sobre mi cuello para morderme la yugular. Que mi marido vale, pero yo todavía no estoy preparada para ir al más allá.
—Cabrón de mierda, cabrón de mierda, cabrón de mierda... —La mujer parecía poseída, le faltaba un poco de espuma en la boca—. Cabrón de mierda, ¡te has tenido que morir en pleno agosto!
—¿Tu marido?
—Sí... ¡En plenas vacaciones! —La boxeadora de uñas postizas arrancó de nuevo a arrearle al muro de ladrillo.
—Nos ha jodido, ¡el mío también! ¿Dónde estábais?
—El Caribe.
—Pobrecita… Estoy aquí para lo que necesites.

Seguí hablando con ella mientras la acompañaba a por un poco de hielo para los nudillos, que los tenía hecho un cristo. La verdad es que me sentí bastante mejor. Siempre consuela saber que hay personas que lo están pasando peor que tú.

—El único consuelo que me queda es el seguro, que nos reembolsa los días perdidos en el hotel —me dijo. Hizo una pausa. Me miró con los ojos brillantes—. Vámonos. Tú y yo. Lejos. A acabar nuestras vacaciones.

Así que aquí estoy, haciendo la maleta con las cenizas de mi marido mirándome desde encima de la cómoda. No, Alfonso, no me mires así porque esta vez no te llevo, que seguro que me la vuelves a liar.

Al salir del tanatorio al menos alguien más se interesó por mí. Google me preguntó cómo valoraba mi experiencia. Cuatro estrellas, Google. Cuatro estrellas.

Voy a operarme. Lo he decidido esta mañana mientras me tomaba el café y acabo de llamar al centro de estética. Me han dado cita para la semana que viene, y porque no tenían hueco antes, que si no lo cogía. Que luego me conozco y no quiero echarme para atrás.

Hace dos días ya tuve una reunión con el cirujano —el primero que me recomendó Google— para contarle mi situación y ver si era posible lo que yo quería. Me dijo que sí. Y que además me sentaría muchísimo mejor y estaría muchísimo más guapo y sería muchísimo más feliz y que seguro que la gente me sonreiría muchísimo más por la calle. ¿Quién no quiere que todo el mundo le sonría por la calle?

Obviamente consulté lo de la operación con María. Porque al fin y al cabo es mi esposa y también tiene poder de decisión y porque, al fin y al cabo, ella también lo va a disfrutar.

Decidimos que la cara sería la de David Beckham. Esto fue sugerencia de María, pero a mí me pareció bien. Luego entre los dos, revisando muchas revista de cotilleos y de moda, decidimos que los abdominales debían ser los de Cristiano Ronaldo, los brazos de Thor, el novio de la Pataky –siempre se me olvida su nombre– y el pecho del chiquito este de Disney que hizo una película que cantaban en un instituto pero que ahora ya no es un chiquito porque se hizo mayor y se puso muy petado. Esto también fue idea de María. Y las piernas de Jon Kortajarena, capricho mío, que estilizan mucho y yo siempre he sido el bajito de mis hermanos.

“Y algún tatuaje también te tendrás que hacer”, me dijo María. “Que con ese cuerpo te quedará de maravilla”. Así que le dije a Antonio, nuestro hijo, que dibujara lo que más le gustara, que me lo iba a tatuar para llevar un recuerdo suyo. El niño me entregó el dibujo de un falo. Bueno, más bien un pollón, con sus pelos y todo. Que yo no sé si nos va a salir maricón o que está entrando en la adolescencia y lo que nos ha salido es un poco hijo de puta. Pero lo prometido es lo prometido, y el amor de padre lo supera todo, así que me voy a hacer el dibujito de mi Antoñito en la espalda, a escala veinte uno.

Tengo ganas de que llegue la semana que viene para poder dejar atrás mi antiguo yo. El yo de ahora. Me miro en el espejo y no me da miedo el cambio. No me da miedo dejar atrás la barriguita, los mofletes hinchados y los brazos colganderos. Sólo puedo pensar en dentro de una semana. En mis abdominales, en mis piernas kilométricas… y en el pollón a la espalda.

* Imagen de cabecera de Kim Garretson.

Has tenido que dejarme en verano y, sinceramente, eso es de ser un poco hija de puta. No lo digo en plan mal, en plan "te guardaré rencor hasta el fin de mis días" o en plan "ojalá te mueras". Tampoco en plan “quiero darte pena para que vuelvas corriendo a abrazarme mientras me pides perdón y descorchas una botella de champán”. No. Porque, además, eso sólo pasa en las películas. Y porque sé que las bebidas con burbujas te dan gases.

Te lo digo así porque es la verdad y yo siempre he sido muy de decir la verdad. Que sí, que tú siempre dices que la verdad es algo relativo, y que quizás yo tengo una verdad diferente a la tuya que a la vez es diferente a la de Rita la cantaora. Pero ahora no quiero ponerme a discutir sobre eso.

Discutir. Que no me habrás dejado por lo mucho que discutíamos. Porque por no discutir ni siquiera hablábamos. Que a veces hasta se me olvidaba tu tono de voz y también el mío.

El caso es que te has tenido que ir en la peor época del año. Que yo ya tenía todos los planes hechos para el verano y ahora voy a tener que reconstruirlos porque me faltas tú en todos los planes.

Por ejemplo ya no voy a poder ir más a la playa. Porque dime quién se va a quedar ahora vigilando mis cosas cuando yo vaya a darme un baño. Y no pienso dejar la cartera, las gafas de sol, mi muda, la toalla y la camiseta del número 12 del España solas en la arena. Porque son demasiadas cosas y si alguien se llevara, por ejemplo, mi camiseta del número 12 de España ya habría perdido para siempre esa camiseta, que me la regaló mi tía Mónica en mi penúltimo cumpleaños. Y sabes que le tengo mucho aprecio a la camiseta y a mi tía Mónica. Y sabes que en las playas hay mucha gente pobre porque los ricos están bebiendo su puto champán en sus putos yates y que lo más seguro es que me robaran la camiseta.

Y como no voy a volver a ir a la playa voy a tener que empezar a tomar el sol en la terraza. Y esto tiene dos inconvenientes: el primero es que de espaldas voy a parecer una cebra por la marca que me van a dejar los barrotes de la barandilla, y lo segundo es que me voy a quemar la espalda una y otra vez porque sabes que no soy tan ágil como para echarme yo mismo crema en la espalda. Que no sé si me habrás dejado para irte con otro, pero si es así pregúntate si ese otro es tan poco ágil como yo y no te necesita tanto como yo te necesito en verano.

No te escribo esto para hacerte sentir culpable. A veces somos hijos de puta sin darnos cuenta de que lo estamos siendo. Y yo lo entiendo, porque soy muy de comprender y empatizar. Por eso te escribo. Para que te des cuenta de que estás siendo una hija de puta y puedas darte cuenta y puedas volver conmigo y podamos pasar el verano juntos. Y ya cuando llegue el invierno vamos viendo...

* Imagen de cabecera de Annie Spratt.