Verbena star


Ser el cantante principal de una orquesta supone responsabilidad y sacrificio. Y una presión que muy pocos serían capaz de soportar. Amenizar las noches de verano en verbenas y fiestas patronales no es moco de pavo, y pocos tienen la materia prima necesaria para alcanzar el éxito.

Talento, responsabilidad y sacrificio. Eso es lo que me caracteriza. Por eso soy el cantante principal de la orquesta y no un simple corista. Por eso salgo cada noche a darlo todo y a dejar mi alma en el escenario y a calar en el corazón de cada persona que me ve. Igual pongo a un grupo de octogenarios a saltar con sus muletas y sus tacatacas como si estuvieran en una rave que los pongo a llorar de la emoción con una de la Jurado. Eso tampoco es capaz de hacerlo cualquiera. Yo sí, y es por eso —entre muchas otras cosas— por lo que soy el cantante principal.

Las horas de carretera o las lumbalgias que te dan montando y desmontando el escenario se hacen minúsculas cuando luego tienes la recompensa de un público que lo da todo. Que corea las letras. Que baila hasta el final. Como el año pasado, que tuvo que venir el Samur porque a una señora le explotó el marcapasos en el estribillo de Paquito el Chocolatero. Esos son los niveles de implicación y entrega que tiene mi público y que yo busco en ellos. No me gusta llamarlo fenónemo fan, me parece un término demasiado millenial y no me quiero considerar ídolo de nadie. Me gusta llamarlo pasión por la música. Y no cualquier cantante sabe remover esa pasión entre el público.

Algunos dicen que la competencia es mala, pero a mí no me da miedo. ¿Quiénes son mis rivales? La mayoría que entra en el bisnes, o que da el salto a la fama como los chavalitos esos que luego fueron a Eurovisión cantándose el uno al otro, la mayoría de esa gente tiene una trayectoria efímera.  Volátil. Fugaz. Pasajera. Son los Macaulay Culkin de la industria musical.

Firmo aquí mismo que en menos de dos temporadas están haciendo hamburguesas y patatas fritas y helados y me servirán un McMenú en cualquier McAuto en el que paremos a cenar de camino a un bolo en Pozuelo de Alarcón, por ejemplo.

¿Si busco la fama? En absoluto. Si la quisiera ya la habría encontrado en ese programa en el que te dan la espalda y, si les gustas, pulsan un botón y se dan la vuelta y entonces pueden verte. Porque acabaría mirando a los ojos a todos. O en un programa como Operación Triunfo, y ahora mismo tendría la fama de Bisbal. Porque yo sería Bisbal. Ni Bustamante, ni Manu Tenorio ni el señor ese del que nadie se acuerda que salió hace poco cantando en el reencuentro con los ojos pintados y que pensaba que aún tenía veinte años. No, no. Yo sería el Bisbal —menos por los rizos y la nariz.

Pero he decidido mantenerme en el anonimato porque la fama cansa. Aun así, cuando salgo al escenario, todo mi público se sabe de memoria las canciones que canto. ¿Quién puede presumir de cantar en cada concierto temazos como Soy un truhán, soy un señor, Bailar pegados o Mi gran noche? Pocos. Algunos lo llamarán casposo, yo lo llamo éxito seguro. Pocos cantantes pueden experimentar la sensación de ver al público dándolo todo con los mejores temas universales reunidos en una única voz. Mi voz.

Tengo que cortar ya, que vamos de camino a Pozuelo de Alarcón y hemos parado en un McDonalds para cenar. Y creo que David Civera me acaba de servir un BigMac con patas fritas. Y había pedido patatas deluxe.

* Imagen de cabecera de Jason Leung.

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