A ver cómo le explico yo ahora al niño que el hombre que estaba muerto en el salón no era Papá Noel de verdad, sino que era su padre. Es que a quién se le ocurre. Pues a mi marido, pobrecito mío, que en paz descanse.

Cómo le explico yo ahora al niño que su padre tuvo la maravillosa idea de entrar en casa en mitad de la noche disfrazado de Santa Claus. Con un disfraz además barato, cutre, feo, que parecía un vagabundo. Cómo le digo que su padre entró así, hecho un adefesio, por la ventana del salón. Y sin avisar. Que me llega a decir “oye, cariño, que voy a hacer el paripé” y yo intento convencerlo de que no. Y si no lo consigo al menos estoy prevenida para no llevarme el susto.

Pues no. Ni me avisó ni nada. Y cómo le explico yo ahora al niño el susto que me llevé al ver a un señor que parecía un vagabundo, mi marido, vestido de Papá Noel, entrando por la ventana del salón cargando con un saco. Que yo estaba en la cocina y oí ruidos y me asomé al salón y vi ahí el panorama y me entró el pánico y agarré el cuchillo de la carne y corriendo que me lancé contra el cuerpo de Papá Noel. O sea, sobre mi marido, sobre la yugular de mi marido.

Que mira que es tener mala suerte. Que yo nunca he tenido buena puntería y justo voy a darle a la yugular. Y los gritos. Y toda la sangre, que menuda porquería, cayendo sobre la alfombra de pelito, que verás para limpiar eso, que va a ser mejor tirar directamente la alfombra. Y el niño que viene corriendo al salón, despertándose con los gritos, y viendo el panorama, su madre acuchillando a Papá Noel y el niño gritando y yo gritándole más para que se fuera a su habitación, que se encerrara, que se metiera debajo de la cama, donde pudiera estar a salvo.

A ver cómo le explico yo ahora al niño que me di cuenta de que ese señor era su padre cuando ya estaba desangrado sobre la alfombra de pelito. Que ahora seguro que el niño me va a coger manía, con lo que quería a su padre.

Y nada, aquí estoy, el día de Navidad en comisaría, esperando. Que me han dicho que mi hermana ha ido a recoger al niño. Que a ver qué le cuenta, que conozco a mi hermana, que seguro que le cuenta al niño que maté a su padre queriendo para ponerlo en mi contra. Que siempre ha sido una envidiosa porque es estéril y no puede tener hijos.

A ver cómo le explico todo esto al niño.
(o lo que podría ser una continuación de CORTAR EN VERANO)


Que sepas que esta vez tenía pensado dejarte yo. Pero, joder, pensaba hacerlo más tarde. Ya en marzo o en abril, que empieza a hacer mejor tiempo. Que no quiero volver a pasar por lo mismo, que te prometí que cambiaría, lo sé, pero es que sigues siendo la misma hija de puta de siempre.

Que el invierno no es una época para estar solo, eso lo sabe todo el mundo. El invierno es para estar acompañado, para que pasemos los domingos arropados con la mantita viendo las pelis esas románticas que a ti te gustan. Que son una mierda, sí, siempre pasa lo mismo, todas son iguales, repetitivas, pero que me aguanto y las veo contigo sólo porque me gusta pasar tiempo contigo y me das calorcito, que yo soy de tener los pies fríos y tú calentitos. Si es que somos la pareja perfecta.

Y con lo bonito que ponen Madrid con sus luces, que sé que te encantan las luces de Navidad y a mí también. Y el Cortylandia. ¿Ahora qué coño hago yo con el Cortylandia? Porque paso de ir a verlo solo, que no tiene gracia, que me mirarán mal, seguro que me mirarán mal, dirán “pobrecito, está solo, se viene a ver el Cortylandia solo”. Por tu culpa, porque me dejas, me voy a quedar sin ver el puto Cortylandia. Y sabes que me encanta. Por tu culpa le voy a coger manía y voy a empezar a odiar el Cortylandia.

Igual también acabo odiando la Navidad por tu culpa. Y sé que tú también lo vas a pasar mal. Porque la Navidad es para pasarla en pareja y yo voy a estar solo, pero tú también vas a estarlo. Espero. ¿O es que has conocido a alguien? Si es porque has conocido a alguien, si me has dejado porque te has enamorado de otra persona, dímelo. De verdad, lo hablamos. Podemos llegar a algún acuerdo. Yo que sé, nos turnamos, al menos para que pases la Nochebuena conmigo en casa de mis padres.

Espero que no hayas sido tan hija de puta como para cortar conmigo sólo por no tener que soportar otra Nochebuena en casa de mis padres. Sé que eres capaz. Que siempre acabas sentada en una silla con cara de asco mientras todos cantan villancicos. Y luego, de vuelta a casa, te pones a parir a mi abuela por no parar de cantar y tocar la botella de anís con el cuchillo. La pobre, que sabes que desde que murió mi abuelo estos momentos en los que nos reunimos todos son los únicos en los que es feliz y tú venga a ponerla verde.

Que todas estas cosas te las puedo perdonar. El que estés con otro, el que te caiga mal mi familia. Pero, por favor, vuelve. Estoy abierto a negociar, de verdad. Si quieres en Nochevieja nos vamos con tus padres a Hospitalet, que hasta he buscado en el traductor de Google feliç nadal y prometo no sacarles el tema del independentismo, que sé que me caliento pronto y tu padre también. Prometo que habrá paz.

Lo que más me jode de todo, y no es por ser materialista ni capitalista, pero me jode, es que ya te tenía hecho el regalo de Papá Noel. Que encima sé que te habría hecho mucha ilusión. Es una Thermomix. Porque no te gusta nada cocinar y con esto ibas a prepararnos platos ricos, íbamos a comer bien, sano, cumpliríamos de una vez el propósito de Año Nuevo. A ver qué hago yo ahora con la Thermomix, me meto por el culo la puta Thermomix, que la he comprado por Wallapop y el tío no me la va a descambiar ni de coña.

Te estás equivocando, cariño. Lo vas a pasar mal sola en Navidad. Yo en el fondo sé que puedo ser fuerte, llevarlo medianamente bien, pero tú sé que no. No vuelvas a cometer el mismo error. Te doy otra oportunidad. Vuelve. Si no es por mí, al menos hazlo por la Thermomix. Pero vuelve.

Son las ocho de la mañana, tengo ocho años y mi madre me despierta con una marioneta de hilos cantando y bailando sobre mi cama. “Soy Siriaco y bailo con los tacos… Soy Siriaco y bailo yo así… Tirirí, tirirí, tirirí”. Una banda sonora que llama a la rutina.

No quiero estar en el mundo real. Ahora mismo no. Abro los ojos de mal humor porque, encima, quiero volver al sueño en el que daba un garbeo por el barrio, en moto, con Roberta, la pelirroja de Rebelde. Justo estábamos a punto de darnos un beso cuando mi madre me ha tirado de cabeza al mundo real.

—¡Arriba el campo, que hoy es el primer día de clase! —suelta mi madre con alegría—. ¿Tienes ganas, Carlos?

Sí, ganas de desaparecer de la faz de la tierra.

Vuelvo al presente. Estoy sentado frente al ordenador escribiendo este último artículo —por llamarlo de alguna forma— que pone punto y final a unas breves historias de verano. Y es que septiembre ya no es verano. Septiembre es año nuevo. Es vuelta a la rutina, vuelta a la realidad después de un sueño estival, y eso, de pequeño, no mola. Quería quedarme en casa, ver la tele durante todo el día y comer helado. No tener que hacer deberes, no tener que estudiar, no tener que estar cinco o seis horas sentado fingiendo una atención que no estaba prestando. Ahora, años después, al Carlos que está escribiendo en estos momentos en el teclado, septiembre le da un poco de vértigo.

El momento que más disfrutaba —probablemente uno de los pocos— de la vuelta al cole era el hacerme con una nueva colección de materiales que me encargaría de desgastar y perder durante todo el curso. Estuche y mochila. Lápices de colores. La cola en la papelería para comprar los libros de texto. Agenda y subrayadores. Gomas que se multiplicarán en pedazos en poco tiempo. Bics que explotarán, se perderán o, en el mejor de los casos, acabarán mordidísimos.

No tenía en la cabeza escribir esto. Creo que la culpa la tiene el que ayer entrara en un chino y fuiera directo a la parte de papelería. Libretas y agendas en cantidades industriales y tan bien colocadas, como seduciéndome. Y el olor. Olor a papel y plástico y a vuelta. A retorno. Juro que fue extraño. Quería volver a vivir la ilusión de comprar libretas nuevas y escribir mi nombre en la tapa y decidir cuál era para qué asignatura. Volver a vivir el último día de verano y el primero de colegio, aunque en su momento lo odiara. Juro que quise volver a vivir el paseo, cada mañana, del camino al colegio que hacía con mi madre. Ir a casa de mi abuela a comer después de clase y el olor a potaje que invadía la casa y te invadía a ti nada más abrir la puerta. Elegir pupitre y resumir el verano a tus amigos. Incluso volver a aquellos días, pocos, de comedor y la promesa de “tres cucharadas más y ya está”.

Ahora pienso que, probablemente, esta sea la mejor forma de acabar esas Historias de Verano. Porque todo verano tiene su fin y su vuelta al cole. Quizás a ti, que estás al otro lado de la pantalla leyendo esto, no te haya aportado nada nuevo, ni especial. Quizás ni siquiera una sonrisa. Pero espero que, al menos, por un momento también te hayas transportado a aquellos tiempos. Yo lo necesitaba y lo he conseguido.

Y, por supuesto, gracias por haber leído.
Feliz vuelta al cole.

* Imagen de cabecera de Feliphe Schiarolli.

Ser el cantante principal de una orquesta supone responsabilidad y sacrificio. Y una presión que muy pocos serían capaz de soportar. Amenizar las noches de verano en verbenas y fiestas patronales no es moco de pavo, y pocos tienen la materia prima necesaria para alcanzar el éxito.

Talento, responsabilidad y sacrificio. Eso es lo que me caracteriza. Por eso soy el cantante principal de la orquesta y no un simple corista. Por eso salgo cada noche a darlo todo y a dejar mi alma en el escenario y a calar en el corazón de cada persona que me ve. Igual pongo a un grupo de octogenarios a saltar con sus muletas y sus tacatacas como si estuvieran en una rave que los pongo a llorar de la emoción con una de la Jurado. Eso tampoco es capaz de hacerlo cualquiera. Yo sí, y es por eso —entre muchas otras cosas— por lo que soy el cantante principal.

Las horas de carretera o las lumbalgias que te dan montando y desmontando el escenario se hacen minúsculas cuando luego tienes la recompensa de un público que lo da todo. Que corea las letras. Que baila hasta el final. Como el año pasado, que tuvo que venir el Samur porque a una señora le explotó el marcapasos en el estribillo de Paquito el Chocolatero. Esos son los niveles de implicación y entrega que tiene mi público y que yo busco en ellos. No me gusta llamarlo fenónemo fan, me parece un término demasiado millenial y no me quiero considerar ídolo de nadie. Me gusta llamarlo pasión por la música. Y no cualquier cantante sabe remover esa pasión entre el público.

Algunos dicen que la competencia es mala, pero a mí no me da miedo. ¿Quiénes son mis rivales? La mayoría que entra en el bisnes, o que da el salto a la fama como los chavalitos esos que luego fueron a Eurovisión cantándose el uno al otro, la mayoría de esa gente tiene una trayectoria efímera.  Volátil. Fugaz. Pasajera. Son los Macaulay Culkin de la industria musical.

Firmo aquí mismo que en menos de dos temporadas están haciendo hamburguesas y patatas fritas y helados y me servirán un McMenú en cualquier McAuto en el que paremos a cenar de camino a un bolo en Pozuelo de Alarcón, por ejemplo.

¿Si busco la fama? En absoluto. Si la quisiera ya la habría encontrado en ese programa en el que te dan la espalda y, si les gustas, pulsan un botón y se dan la vuelta y entonces pueden verte. Porque acabaría mirando a los ojos a todos. O en un programa como Operación Triunfo, y ahora mismo tendría la fama de Bisbal. Porque yo sería Bisbal. Ni Bustamante, ni Manu Tenorio ni el señor ese del que nadie se acuerda que salió hace poco cantando en el reencuentro con los ojos pintados y que pensaba que aún tenía veinte años. No, no. Yo sería el Bisbal —menos por los rizos y la nariz.

Pero he decidido mantenerme en el anonimato porque la fama cansa. Aun así, cuando salgo al escenario, todo mi público se sabe de memoria las canciones que canto. ¿Quién puede presumir de cantar en cada concierto temazos como Soy un truhán, soy un señor, Bailar pegados o Mi gran noche? Pocos. Algunos lo llamarán casposo, yo lo llamo éxito seguro. Pocos cantantes pueden experimentar la sensación de ver al público dándolo todo con los mejores temas universales reunidos en una única voz. Mi voz.

Tengo que cortar ya, que vamos de camino a Pozuelo de Alarcón y hemos parado en un McDonalds para cenar. Y creo que David Civera me acaba de servir un BigMac con patas fritas. Y había pedido patatas deluxe.

* Imagen de cabecera de Jason Leung.

Tenía que ser inoportuno hasta para morirse. Justo el segundo día de vacaciones. Porque mi marido se ha empeñado toda su vida en hacerme la mía un poquito más complicada y porque siempre ha sido muy oportuno. Para una vez que salimos de la península, que vamos a un hotel cuatro estrellas en Formentera para darnos el lujo ahora que los niños son mayores, la tiene que palmar. Y para colmo los seis días que nos quedaban en el hotel es dinero y relax perdidos.

Yo creo que lo hizo a propósito. Lo de morirse, digo. ¿Quién se atraganta en la piscina con un trozo de espetec y luego se ahoga? Y que si no lo hizo a propósito lo tiene merecido. Por ansias. Que desde que lo conocí no ha cambiado ni un poquito. Un ansias y un inoportuno. Y encima enano, porque al menos llega a hacer pie en el agua y la palma de una sola cosa.

La peor parte —quitando lo de la muerte— me la he llevado yo, que he tenido que mover todo para que lo trajeran de vuelta al pueblo. Y que todavía no me ha quedado muy claro si él —mi marido, el muerto— ha viajado en el avión en cabina o lo han tenido que facturar, porque de todo eso se ha encargado el señor de la funeraria. Lo bueno es que como era pequeñín igual lo han podido subir como equipaje de mano.

Menos mal que mi marido estaba muerto y no ha visto el funeral, porque ha sido patético. Yo intentando contactar con los más cercanos para informar del nuevo estado vital de mi marido —muerto—, pero nadie daba señales de vida —perdón. Todos por ahí de vacaciones y mientras yo velando a un muerto que ha jodido las mías. Tiene cojones. Que ya podría haber tenido la decencia de, si tenía que morirse, al menos hacerlo en el avión de vuelta. Pero no. Para no venir no han venido ni los niños, que están por ahí de vacaciones con sus amigotes y lo único que me han enviado son gifts de animalitos tristes. Cría cuervos que, cuando se hagan mayores, un coma etílico le parecerá mejor plan que pasar la tarde contigo.

Al final sólo ha venido el repartidor del restaurante chino porque a media tarde se me ha abierto el estómago. Aunque debería haber pedido una pizza, porque este no tenía ni puta idea de español y no ha podido darme charleta. Que estar en un tanatorio se hace cuesta arriba, pero si encima no tienes a nadie que te entretenga ya es hacer puenting a la inversa.

Menos mal que a media tarde la cosa se animó un poqutio. Escuché unos gritos por los pasillos. Así como muy desgarradores, como de película de terror. Me asomé para ver qué pasaba y me encontré a una mujer sola, más o menos de mi edad, ensañada contra una pared como si fuera un saco de boxeo.

—¿Estás bien? —le pregunté manteniendo las distancias, no fuera a ser que estuviera loca y yo que sé, se lanzara sobre mi cuello para morderme la yugular. Que mi marido vale, pero yo todavía no estoy preparada para ir al más allá.
—Cabrón de mierda, cabrón de mierda, cabrón de mierda... —La mujer parecía poseída, le faltaba un poco de espuma en la boca—. Cabrón de mierda, ¡te has tenido que morir en pleno agosto!
—¿Tu marido?
—Sí... ¡En plenas vacaciones! —La boxeadora de uñas postizas arrancó de nuevo a arrearle al muro de ladrillo.
—Nos ha jodido, ¡el mío también! ¿Dónde estábais?
—El Caribe.
—Pobrecita… Estoy aquí para lo que necesites.

Seguí hablando con ella mientras la acompañaba a por un poco de hielo para los nudillos, que los tenía hecho un cristo. La verdad es que me sentí bastante mejor. Siempre consuela saber que hay personas que lo están pasando peor que tú.

—El único consuelo que me queda es el seguro, que nos reembolsa los días perdidos en el hotel —me dijo. Hizo una pausa. Me miró con los ojos brillantes—. Vámonos. Tú y yo. Lejos. A acabar nuestras vacaciones.

Así que aquí estoy, haciendo la maleta con las cenizas de mi marido mirándome desde encima de la cómoda. No, Alfonso, no me mires así porque esta vez no te llevo, que seguro que me la vuelves a liar.

Al salir del tanatorio al menos alguien más se interesó por mí. Google me preguntó cómo valoraba mi experiencia. Cuatro estrellas, Google. Cuatro estrellas.