Escribir da vértigo.

Escribir es sentarse cara a cara con uno mismo.
Escribir es susurrarse al oído todas aquellas cosas que sólo gritarías desde el pico más alto del planeta.
Escribir es derribar muros a cabezazos.
Escribir es reanudar los lazos que se soltaron hace tiempo.

Hace unos días empecé a leer Las niñas prodigio, el primer libro de Sabina Urraca. La conozco de refilón a través de las redes sociales y he leído alguno de los artículos de periodismo gonzo que publica en diferentes medios. Rebusco un poco sobre ella en Internet, casi siempre lo hago cuando leo a alguien nuevo. Me gusta conocer la persona que se esconde tras las palabras. Sus formas. Sus manías. Google me da cientos de resultados, pero me llama la atención uno de los primeros titulares: "O escribía este libro ya o todo lo que estaba viviendo podía destruirme".

Necesito seguir buscando. Encuentro en Youtube una charla TedX que dio en 2017 en la que cuenta cómo fue el proceso de escritura de la novela. Cómo se deshizo de todos los demonios que la rondaban. Habla de cómo decidió empezar a 'escribir basura'. Partir de la vomitona, de lo torrencial, escribir sin pensar ni juzgarse. Escribir como un juego. Y añade una frase de Dorothy Parker: "Odio escribir, pero amo haber escrito".

Podría tatuarme esa frase en la frente. Pero, por ahora, será la que le de título a este post.

Y no puedo sentirme más identificado. Y no sabes cómo me reconforta saber que no estoy solo.

Sabina cuenta que lo superó, que acabó la novela sintiéndose con esos demonios escondidos en el armario. Pero que la puerta estaba sólo entornada, porque con la siguiente volvieron a asomar la cabeza.

No sé si algún día dejará de darme pánico la hoja en blanco.
Si algún día dejaré de crucificarme con bolígrafos de punta fina.
Aunque quizás,
sólo quizás,
seamos tan masocas que si eso ocurriera,
escribir dejara de tener sentido.